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El 18 Brumario de la dinastía castrista

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    Editor Jefe
  • sep 02, 200622:29h
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por Christopher Hitchens

Estoy seguro de que si hubiera habido un golpe militar en cualquier otra nación latinoamericana o del Caribe, incluso una pequeña o desconocida, hubiera aparecido en la primera página de los periódicos. Pero el golpe militar en Cuba –una nación unida a nosotros de muchas maneras, vitales e históricas– no ha sido recogido de esa forma. De hecho, en “Castro’s Younger Brother Is Focus of Attention Now” Anthony DePalma y James C. McKinley Jr., página 8 del New York Times del 3 de agosto, la mera posibilidad de tal evento ha sido incluso negada. “[Uno] de los aspectos más reveladores de su carrera es que durante las casi cinco décadas que Raúl Castro ha dirigido las Fuerzas Armadas cubanas nunca ha habido un intento de golpe o un alzamiento de los subalternos y la tropa contra sus oficiales.”

¡Así resumió el periódico la interesante novedad de que el nuevo jefe del gobierno cubano era, de hecho, el jefe desde hacía cinco décadas de las Fuerzas Armadas cubanas! En otras palabras, una abierta asunción militar del poder era la principal evidencia de que esas cosas no suceden en La Habana.

Tal vez el acceso de Raúl Castro no cuente como “intento de golpe de estado” (ya que ha triunfado), y mucho menos como motín de unos subordinados, pero aún así permanece el simple hecho de que en un estado comunista, por primera vez desde el general Jaruzelsky, en Polonia y en 1981, el Ejército ha reemplazado al Partido como fuente de autoridad.

El hecho, incluso más grotesco, de que el poder ha pasado de un hermano de 79 años a otro “más joven”, que tiene sólo 75, puede que haya ayudado a oscurecer lo obvio. También el hecho de que —dejando a un lado la continua cháchara sobre su “carisma”— Fidel Castro nunca se ha quitado el uniforme (excepto por los trajes a medida que se pone para sus apariciones en conferencias internacionales) desde el día en que tomó el poder. Incluso mi distinción entre el Ejército y el Partido puede ser un simple matiz.

Cuba ha sido una guarnición-estado dirigida por un caudillo militar durante la mayor parte del último medio siglo. Más que nada, el máximo líder siempre ha basado su legitimidad en su estatus de Comandante en Jefe. La sucesión dinástica de su hermano sólo oficializa la situación. Como se dijo en otro tiempo de Prusia, Cuba no es una nación que tenga un ejército sino uno ejército que tiene una nación.

Ese ejército no se limita a las cuestiones del poder político y militar. Bajo la dirección de Raúl Castro, ha crecido hasta convertirse en el mayor accionista de las pocas áreas de la economía cubana que hacen dinero. Una compañía de propiedad militar conocida como “La Gaviota” supervisa casi el 60% de los ingresos del turismo cubano. Grandes granjas y consorcios son operados por oficiales en activo o retirados, que reportan a Raúl, quien de acuerdo con el artículo de DePalma/McKinley, también “ha enviado oficiales a escuelas de administración de empresas en Europa para aprender técnicas de administración capitalista.”

El conocimiento de todo esto hace más sorprendente que todo el mundo parezca haber olvidado el tenso momento de 1989 en que pareció que existía una importante división dentro de las Fuerzas Armadas cubanas. El 12 de junio de aquel año, el General Arnaldo Ochoa Sánchez fue arrestado y acusado de corrupción, abandono del deber y tráfico de drogas. Ochoa no era cualquiera. Pertenecía al grupo original de guerrilleros de la Sierra Maestra, era miembro del Movimiento 26 de Julio que integró el núcleo duro de la revolución, estaba entre los cubanos internacionalistas que intentaron izar la bandera de la revolución en Venezuela y el Congo en los años sesenta, y había dirigido misiones militares cubanas en Angola, Etiopía y Nicaragua (por mencionar tan sólo algunas de las que los cubanos se sienten orgullosos. Debo añadir que fue clave en la derrota militar de las fuerza militares de Sudáfrica en la batalla de Cuito Cuanavale de 1987, que contribuyó a la independencia de Namibia y a la derrota final del apartheid). Tal vez había visto demasiado del mundo exterior. Tal vez, en 1989, era uno de los muchos cubanos que vio esperanzado los programas de glasnost y perestroika de Mijaíl Gorbachov. O tal vez era culpable de los cargos —complicidad con los cárteles de la droga colombianos para enriquecerse él y otros. Nunca lo sabremos (o de nuevo, podríamos estar a punto de enterarnos), porque el intervalo entre su arresto y su muerte, y la de sus socios, fue de sólo cuatro cortas semanas. Su ejecución, por fusilamiento, fue anunciada —después de una corte marcial especial— el 13 de julio de 1989.

El hombre que hizo el largo, balbuceante discurso justificando el arresto y prejuzgando el veredicto, fue Raúl Castro. Concedida el tipo de espacio televisivo que normalmente quedaba reservada para su hermano, el jefe de las Fuerzas Armadas cubanas se dirigió a la nación dos horas y media en lugar de los cuarenta y cinco minutos previstos (confiamos en que no se acostumbre a hacerlo) y sorprendió a muchos cubanos que habían pensado en Ochoa como “un militar incorruptible”.

El momento fue significativo, ante todo, porque, por regla general, Cuba se las había arreglado para evitar el espectáculo del “juicio farsa” comunista inaugurado por Stalin en Moscú en los años treinta e imitado, de forma aún más grotesca en Praga, Budapest y Sofia después de la Segunda Guerra Mundial. El único juicio de un grupo “divisionista” en La Habana había sido a mediados de los sesenta, y fue, paradójicamente, contra un grupo de estalinistas de la línea moscovita, supuestamente dirigidos por Aníbal Escalante. Sin embargo el juicio-farsa a Ochoa en 1989 no fue una larga inquisición ideológica. Fue un asunto rápido, despiadado, que produjó confesiones inmediatas, fue llevado a cabo por un “tribunal de honor” militar y concluyó con una sentencia de muerte expeditiva. Todo se decidió dentro de la estructura del alto mando militar. Tal vez como advertencia de lo que podía venir.

En la fecha conocida, según el “nuevo calendario”, como el 18 Brumario de 1799, Napoleón Bonaparte usó a sus tropas para tomar el poder en París, se proclamó primer cónsul de la nación y a continuación anunció que la Revolución Francesa había culminado (el celebrado ensayo de Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, que parodia un monarca posterior y menos importante que Bonaparte, nos regaló el sobreutilizado dicho sobre la relación entre tragedia y farsa). Ahora el Movimiento 26 de julio ha llegado a su propio y dilatado final histórico. También esta vez el nuevo pretendiente es menos ostentoso e impresionante que el anterior. Si no podemos decir que Castro está muerto y ya no podemos gritar decentemente “Viva” al nuevo pero viejo Castro, sí podemos decir que, en realidad, la era de Castro ha concluido y que la forma final que va a tomar es la de una dictadura uniformadada, secreta y altamente comercializada.

[Artículo publicado originalmente en Slate, el 7 de agosto de 2006.]

Traducción de Juan Carlos Castillón.

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