- ago 31, 2006 • 11:10h
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Todo empezó con una conversación sobre por qué no existía una novela de Miami. Como en Miami se han escrito bastantes novelas, algunas de ellas francamente buenas, creo que en realidad nos estábamos quejando de que no existía LA novela de Miami. Es cierto. No existe aún la novela que retrate ese mundo de exilios superpuestos y comunidades que viven en el mismo territorio sin pertenecer a una misma ciudad, a veces ni siquiera a un mismo mundo.
Norteamérica ha sido creada por gente que muchas veces quería ser norteamericana porque no podía ser nada más. La mayor parte de la gente que llegó en el siglo XIX a los Estados Unidos vino de países que no existían y que a veces, como Polonia, Italia, Grecia, Irlanda, Alemania, Líbano o Checoslovaquia, no tenían la más mínima posibilidad de llegar a existir. No tenían donde volver y, a pesar de eso, lo primero que hicieron al llegar a Estados Unidos fue reproducir el país del que habían huido. La emigración cubana, aunque llegó con un siglo de retraso, tiene todas las características de una emigración del siglo XIX. Aunque a veces se comportan como si lo ignoraran, los cubanos no van a retornar a su país y por eso lo han reconstruido en los Estados Unidos. Han intentado hacer una réplica de la Cuba que dejaron, pero son los primeros en reconocer que ese supuesto retrato es sólo una caricatura
La integración de una nueva familia en los Estados Unidos solía tardar tres generaciones. La primera generación era la de los inmigrantes: conservaban el idioma original y no importaba si habían huido del hambre o la injusticia; trasplantaban las costumbres de su viejo país al nuevo, aprendían un deficiente idioma de supervivencia. Vivían entre sus compatriotas, aceptaban cualquier trabajo que les permitiera sacar adelante su familia. Ahorraban lo que podían y dejaban tras de sí una base mínima. Sus hijos fueron la segunda generación: llegaron pequeños o nacieron en el nuevo país, a los pocos años ya traducían para sus padres los papeles de abogados y administradores; fueron al colegio en su nuevo mundo y aprendieron una historia que aún no era la suya pero que les sería más útil que la propia. Abandonaron la economía cerrada del ghetto y fueron obreros en las grandes fábricas, o trataron de ascender en la burocracia. En el colegio primero, la fábrica después, en el ejército en tiempos de guerra, se relacionaron con hijos y nietos de inmigrantes previos, posteriores o contemporáneos y descubrieron, con sorpresa, cuánto se parecían a ellos. Conservaron en casa el idioma familiar, cada vez más limitado, pero entre los miembros de su generación se hablaron ya en inglés, y ese fue el idioma en que leyeron cuando tuvieron tiempo de hacerlo. Mandaron a sus hijos a colegios mejores que los suyos, tuvieron casa propia y, al contrario que sus padres, no soñaron todos los días con volver al país de origen.
Después llegó la tercera generación: muchos tienen nombres de pila típicos del país, no es difícil encontrarse un Kevin Ortigueira gallego-cubano, un Wyatt Kim coreano, un Harry Li chino. Algunos, incluso, han cambiado de apellido. Los miembros de esta generación hablan el inglés como primer y casi único idioma y, además, son conscientes de lo mal que lo hablan sus padres y abuelos; también creen saber hablar el idioma de sus abuelos porque pueden saludarlos y pedir en un restaurante del enclave étnico –antes llamado ghetto–, los mismos platos que les cocinaba la abuelita. Algunos de ellos presumen de su etnicidad, aunque eso es más fácil ahora que en el siglo XIX. Pero son, ante todo, americanos. Viven como americanos “normales”; si pertenecen a asociaciones cívicas o hacen política no es para sobrevivir, sino porque quieren. Los miembros de esa tercera generación, cuando hablan de la inmigración lo hacen ya en inglés, y mal: los emigrantes son “los otros”, toda la gente recién bajada del barco que no sabe nada de nada, no se esfuerza en integrarse en el país y no respeta el ejemplo de sus abuelos; los abuelos propios, desde luego, que sí eran inmigrantes buenos, honrados y con ganas de trabajar, prosperar y llegar a ser americanos. Hay muchas señales que indican que un grupo se ha integrado plenamente a la vida americana. La xenofobia es una de las más visibles.
En eso los cubanos de Miami se distinguen de los grupos que les precedieron. Otros grupos tardan tres generaciones en estar lo bastante integrados como para votar por los republicanos y mirar mal a los recién llegados. Algunos cubanos de Miami, de la primera generación, han logrado hacerlo en menos de veinte años. Lo han hecho incluso con emigrantes procedentes de su misma isla. Llegué a Miami en la década del 80, casi junto con los llamados marielitos una mezcla de exilados y emigrantes que incluyó a intelectuales, ex presos políticos, antiguos deportados de los campos de concentración para “peligrosos sociales” de la UMAP, mucha gente que sólo quería trabajar en paz, pero también a todos los criminales y locos encarcelados o asilados que no pudieron impedir que la policía cubana los subiera, aunque fuera a la fuerza, en esos mismos barcos.
Marielito fue Reynaldo Arenas, uno de los mejores escritores de su generación; marielitos son muchos de los creadores que llenan hoy librerías y galerías de Miami; marielita era Anita, la camarera del restaurante de la Calle Ocho, el centro del Miami cubano, en el que trabajé de lavaplatos de seis de la tarde a tres de la mañana. El escritor de fama mundial tardó años en hacerse notar para los cubanos locales; a corto plazo la única persona llegada por el Mariel que resultaba visible para los cubanos que habían llegado antes era la camarera, la mano de obra no especializada. Alguien más oscuro que ellos, y que no coincidía con la imagen de triunfadores que los primeros cubanos tenían, o habían creado, de sí mismos como grupo.
Siempre ha habido cubanos en la Florida, pero nunca tantos como después de la Revolución. Fueron los llegados en los años 60 quienes crearon la imagen, perpetuada después, de una comunidad blanca, educada en las formas de vivir y convivir de una sociedad occidental, compuesta por clases medias y profesionales. Se dio en ellos la paradoja de que, no queriendo quedarse en los Estados Unidos, fueron la inmigración que mejor se adaptó al nuevo país en la larga historia de los emigrados a los Estados Unidos. Lograron integrarse mejor que cualquier otro grupo anterior porque la ideología más extendida en la América de los años 60, en plena Guerra Fría, era el anticomunismo, pero también porque la llamada Gran Sociedad, el último programa masivo de lucha contra la pobreza emprendido por un gobierno americano, hace ya cuarenta años, se tradujo en ayudas a los recién llegados, ayudas que no tuvieron otros grupos llegados antes, ni tendrían otros grupos llegados después de la contraofensiva conservadora que comenzó a transformar la política americana en los años 80. Una contraofensiva de la que, curiosamente, fueron coprotagonistas los cubanos llegados en los 60.
Esos cubanos también lograron integrarse mejor que cualquier otro grupo anterior porque llegaron en pleno boom económico, cuando toda la mano de obra, especializada o no, era bienvenida. En muchos casos, ya habían mantenido relaciones comerciales con los Estados Unidos y conocían la forma de trabajar en una empresa americana. Casi todos venían de una gran ciudad, La Habana, el centro urbano más norteamericanizado del Caribe y de toda la América hispana. Eran blancos, eran cultos, habían pertenecido a los Rotarios o a los Caballeros de Colón; muchos habían estudiado en los Estados Unidos o en academias americanas. Además se conocían y apoyaban entre ellos, por lo que cuando a finales de los años 60 se comenzaron a abrir bancos cubanos, o los bancos americanos comenzaron a tener directivos cubanos, les fue posible obtener préstamos a largo plazo basados no tanto en la situación precaria en que vivían sino en el currículum de su pasado cubano.
Veinte años después la oleada de inmigrantes del Mariel, en la que había una gran cantidad de negros y mulatos, obreros manuales y campesinos, y menor de blancos y profesionales urbanos –preparados en el bloque soviético o en la misma Cuba–, no tuvo ya esas ventajas. Los cubanos llegados después de 1980 no reflejaban las características del grupo inicial. Si la emigración cubana hubiera comenzado con el Mariel, el status de los cubanos de Miami no sería muy distinto al de los nicaragüenses, que llegaron también en los 80, y serían como ellos, o las otras emigraciones del Caribe urbano, mano de obra barata al margen de su capacidad profesional. El Mariel obligó al establishment cubano de Miami a aceptar la existencia de una Cuba en la que ya no se reconocía: santera, negra o mulata, rural, a veces iletrada, a veces –esos fueron los más irritantes– educada con valores si no contrarios, sí al menos distintos a los suyos.
Hoy existe en América una literatura de la inmigración dotada de reglas propias, que es bastante intercambiable de un grupo a otro. No importa que el autor/a sea una china-americana de San Francisco, un judío-americano de Nueva York o un cubano-americano de Miami, sus temas coinciden: el abandono de la sociedad tradicional del país de origen, el viaje al nuevo mundo, el choque cultural, la resistencia de la vieja generación a perder sus costumbres, la explotación laboral, la asimilación a la cultura dominante, la pérdida de la identidad y, finalmente, el redescubrimiento y reafirmación de esa identidad, aunque sea sólo de una forma parcial, en la siguiente generación. No sólo los temas sino incluso los desarrollos son idénticos. Historias de hijos casándose fuera del grupo étnico para disgusto de sus padres, el pariente ya mayor que se niega a cambiar las reglas con que ha vivido toda su vida, las tensiones intergeneracionales, la figura del abuelo/a depositario de una sabiduría ancestral que escapa a la generación de los padres, y desde luego el recuerdo idealizado del lugar de origen, aquel paraíso perdido, que se abandonó a toda prisa y sin mirar hacia atrás, para salvar la piel, que es recobrada tirando dardos en el pub irlandés, jugando dominó en un parque de la Calle Ocho o mah jong en un club de Chinatown, pero sobre todo en las reuniones familiares en que se canta Oh, Danny boy, en Boston, y La Guantanamera, en Miami.
Juan Carlos Castillón
Barcelona








Sr. Alfonso.
Yo vine en el 80 y lo único que tuve fue fue un grant para estudiar. Por lo demás le diré que tuve que caminar sobre mis cuatro patas por renta y comida por años. Los dominicanos son un país más pequeño que Cuba y en 1992 ya tenían 3 millones y medio de inmigrantes en New York, un número al que aún nosotros no hemos arribado (estamos como en dos millones y medio ahora). Los mexicanos han metido como 60 mil inmigrantes mensuales por los últimos treinta años. La diferencia entre esa gente y nosotros es que ellos vienen a ganar dinero para comprar propiedades en su país y cuando lo han logrado, se marchan. Para los mexicanos, Mejico es lo más grande que hay: Nunca lo cambiarían por USA. Es cierto que en general nosotros tenemos al menos una educación mínima, pero la pagamos con esclavitud. Estoy seguro de que Ud no querría pagar el precio que nosotros pagamos por educación. Ahora creo que dan algunas facilidades para establecerse, pero recuerde, que nosotros no tenemos propiedades en Cuba y cuando salimos del país nos quitan hásta los anillos de matrimonio. A mi hásta el pasaporte cubano que tenía, me lo rompieron y tiraron a la basura. Los educados que llegan aquí, tienen que revalidar sus carreras y eso no es fácil. Créame, somos pocos y nuestro camino no es de rosas.
Yo no concuerdo con la parte de que los Cubanos fueron abandonados. Simplesmente pasa que la mayoria de los imigrantes Cubanos son Formados, Muchos en Medicina. Todos en Cuba.
Y las facilidades que les dan desde miami, como subsidios, trabajo, moradia, ect – Insitan a que imigren a la primera potencia mundial.
Quien no lo pensaria?
Pero por acaso los imigrantes mejicanos, haitianos, costa riquenses son tratados de la misma manera que los Cubanos? No !, porque?
Porque los unicos que imigran “gorditos”, bien educados y con un Diploma superior, son los Cubanos.