castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

castrismo

PD en la red

Fascismo con rostro humano (II)

  • ago 30, 200611:18h
  • + comentarios

Un observador tan lúcido como Stefan Zweig comenta en su autobiografía que en la época anterior a la Primera Guerra Mundial “ocurrió lo que ahora es casi increíble, o sea que la juventud constituía una traba para cualquier carrera, y la ancianidad una ventaja”. En aquella “dorada edad de la seguridad”, “las canas eran un signo más de dignidad, y un hombre “circunspecto” evitaba conscientemente los ademanes y la petulancia de la juventud como algo inconveniente”. A los ojos de Zweig, que escribía desde el exilio brasileño al que lo había arrojado la ocupación nazi de Francia, uno de los signos de la profunda ruptura comenzada en 1914 es justamente la inversión de la valoración de la juventud “a los ojos de la época”: si antes, en “el mundo de ayer” era sospechosa, luego de la Gran Guerra comenzaría a ser considerada particularmente valiosa.

Ahora bien, si no como creencia generalizada, en cuanto “idea” la exaltación de la juventud existía desde mucho antes; es un hecho que adquiere fuerza decisiva hacia finales del siglo XVIII, con la Revolución Francesa y el movimiento romántico. “La juventud —escribió Desmoulins— se enciende, los ancianos, por primera vez, no añoran el pasado, sino que se avergüenzan de él”. El empeño jacobino de recomenzar la historia desde cero renueva entonces la atávica pulsión occidental por el “hombre nuevo”.

El romanticismo, por su parte, en el anhelo de recobrar lo que Octavio Paz llama “la mitad perdida del hombre”, alimenta la nostalgia del “paraíso de la infancia” —en palabras de Jean Paul— “que todos debemos abandonar y hacia el cual todo regreso nos está prohibido por la edad, por la espada resplandeciente y cortante de la experiencia”. Esta pulsión rousseauniana deriva a su vez en el culto de la juventud como posibilidad de subversión de las convenciones anquilosadas. Surge el nuevo heroísmo juvenil, cantado en la Oda a la juventud, de Mickiewicz, que da vida a una gran variedad de héroes novelescos, ficticios como Julien Sorel o reales como Lord Byron.

No resulta casual que justamente en Michelet, el historiador romántico de la Revolución, encontremos la más decidida exaltación de la juventud como grupo llamado a llevar a cabo la transformación total de la sociedad. El joven, aunque hijo de rico, es todavía pobre pues depende de la caridad paterna; estudiante, sus energías aún no están limitadas por la especialidad profesional; todavía apto para comunicarse con el pueblo, experimenta “la necesidad de volver a las fuentes de la vida”. Al no estar contaminado por el mundo convencional de los adultos, “el joven debe hacer lo que no hacen por él: debe hacerse una contra-educación”. (El estudiante)

Semejante proyecto animó, claro está, a buena parte de las contraculturas de los sesenta —desde la beat generation hasta el movimiento hippie— y fue asumido programáticamente por el Mayo francés. Pero la rebelión estudiantil parisina era también una respuesta a anteriores movimientos que también utilizaron a la juventud como bandera y que, a diferencia de los contraculturales, sí tomaron el poder: los totalitarios.

Tanto el estalinismo como el fascismo surgieron en ese caldo de cultivo que, después de la Gran Guerra, produjo la confluencia del culto romántico de la juventud y el ascenso de las masas. En su insurgencia contra el mundo burgués y la democracia liberal, tanto la revolución comunista como la “revolución conservadora” nazifascista predican la lucha generacional. Si el mundo nuevo está llamado a enterrar al viejo, la juventud, según sus ideólogos, lo está a ser protagonista de esa historia: solo ella tiene la energía necesaria para emprender la tarea prometeica de cambiar el mundo, el desinterés que propicia el propio sacrificio en aras del absoluto (el pueblo, la patria, el Estado) y la pureza de no estar contaminada por los vicios inherentes al “antiguo régimen”.

La juventud es, según Ernesto Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba, “la arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores”. Años antes de que el guerrillero publicara su proyecto de ingeniería social, antes, aun, de que el régimen se declarara socialista, Sartre había señalado que “el mayor escándalo de la revolución cubana no es haber expropiado fincas ni tierras sino haber llevado muchachos al poder.” En ese triunfo de los jóvenes que habían liberado a sus padres y rompían con el mundo de éstos veía el filósofo francés el origen del “trastorno radical de las relaciones humanas” que tenía lugar en Cuba. La juventud era “una nueva barbarie” lanzada contra la “población civilizada y un tanto debilitada de la isla”, y ello garantizaba que la “revolución constructiva” conservara “su carácter negativo” de rebelión.

Una vez más a lo largo de su reportaje, Sartre marcaba así la diferencia entre la revolución cubana y los regímenes socialistas de tipo soviético, dirigidos por las burocracias anquilosadas del partido comunista. No podía sospechar entonces —o no quería, ilusionado como estaba con las energías revolucionarias del Tercer Mundo— que en una década el régimen cubano se convertiría en uno más, y mucho menos que aquellos jóvenes rebeldes, aferrados al poder por más de cuatro décadas, sumirían a Cuba en el sofocante inmovilismo que la ha convertido en una suerte de parque jurásico para solaz de izquierdistas trasnochados.

Cuando ya se daba cuenta de ello aunque no lo expresaba públicamente, Sartre puso sus esperanzas en la revuelta estudiantil. Su referencia, entonces, al caso cubano como ejemplo de la no exclusividad del partido comunista como agente revolucionario y de la preeminencia de la experiencia sobre la teoría, implicaba, al igual que el uso de la imagen de Guevara por los insurgentes, un gigantesco malentendido.

Justo entonces los movimientos juveniles estaban siendo criminalizados en Cuba. El rock y el hippismo, que eran en realidad enérgicas protestas contra la sociedad capitalista, fueron considerados americanizantes. Tachadas de anárquicas y pequeñoburguesas, esas rebeldías contra el stablishment capitalista se consideraban nocivas para la formación del hombre nuevo.

Al tiempo que, con esa propensión al fanatismo que Kundera ha mostrado brillantemente en algunas de sus novelas, la juventud proveía al régimen de represores, ella misma sufría los dispositivos represivos de la paideia comunista. Jóvenes fueron los llamados al Servicio Militar Obligatorio. Jóvenes, la mayoría de los concentrados en las UMAP. Jóvenes serían, después, los muertos en Angola y Etiopía. Jóvenes, los depurados en las sucesivas purgas universitarias.

Fascismo con rostro humano (Primera Parte)

Duanel Díaz
Madrid

Publicado en
0 respuestas
Comentarios