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Apoteosis del Rey Rata

  • ago 30, 200619:22h
  • 2 comentarios

Con inspiradísima previsión, nuestros siquitrillados fueron los primeros en entender el castrismo como enfermedad. Si bien es cierto que al principio lo trataron como un “catarrito pasajero”, enseguida se rectificó el diagnóstico y comenzó a considerárselo un “cáncer” y una “epidemia”. Los enemigos del Exilio cubano olvidan que cuando en Miami se habla de “extirpar” el castrismo, o de “erradicarlo”, se alude a esta escuela de profilaxis.

El castrismo ha sido “la enfermedad que no pudimos parar a tiempo”. A veces se la tilda de “perniciosa”, y otras veces se afirma que “hace metástasis”. Combatirlo con sopitas de pollo, opinan los miamenses, es como tratar un tumor con Vivaporrú.

En algún momento de nuestra decadencia –alrededor de 1952, antes o después del Madrugonazo; o quizás durante el asalto a Palacio Presidencial– apareció un Rey Rata en los sótanos del Capitolio. El fenómeno epidemiológico conocido como Rattenkönig, ha sido muy bien ilustrado en el filme Epidemic (1987), de Lars von Triers: un nudo típico, como el que se encontró en la estufa de cierto molinero de Buchheim, en 1828, puede llegar a contener de 40 a 75 roedores. Los estrechos espacios de chimeneas y entresuelos estimulan la formación de esos racimos de ratas con las colas enmarañadas, que anuncian, indefectiblemente, la proximidad de una Plaga.

El hecho de que, por entonces, Fidel fuese conocido como “el Doctor Castro” confirma la creencia popular de que el yate que vino de México traía en sus bodegas un Roi de rats (de, por lo menos, 82 ejemplares). No olvidemos que, en la película de Von Trier, es el mismo Doctor quien propaga la epidemia.

Con la gravedad de Castro se han llegado a emparejar por fin las hojas clínicas del Doctor y el enfermo, pues ahora es el galeno quien juega a ser el paciente –él, que ha sido siempre el impaciente–, mientras que ese espejo de paciencia colectiva donde se admiró durante cincuenta años –¡Dios premie su santa pachorra!– se impacienta y exige que desenchufen rápido al médico. El Doctor refleja en su cuerpo la enfermedad de la enferma: si el castrismo era “el cáncer que le había caído a Cuba”, ahora es el cáncer que le ha caído al cáncer.

(Sor Juanita Castro vendría a jugar aquí el papel de Enfermera, si la imaginamos con una cofia almidonada y el índice sobre los labios, exigiendo el silencio de la chusma, a las puertas plegables del cubículo donde agoniza el Rey Rata).

Nuestro doctor aparece una vez más, bajo el seudónimo de Ktazob, en las páginas de Cobra, la novela de Severo Sarduy. Su nombre es casi un anagrama, y su especialidad, castraciones. No será Cobra, por cierto, quien sufra directamente el dolor de la cirugía plástica, sino su doble miniaturizado: la Enana Pup. Es curioso que, en la vida real, el Doctor Ktazob se hiciera acompañar de un curandero argentino, y que fueran siempre otros –médicos a palos, en Bolivia y en Chile– quienes tuvieran que sufrir el dolor teleológico de la extirpación del castrismo.

Mientras tanto, Castro y Cobra –alegando un dolor de cojones– pedían asilo en las Hijas de Galicia, y diez días más tarde salían rozagantes del salón de operaciones luego de una apoteósica anabiosis.

Néstor Díaz de Villegas
Los Angeles

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2 respuestas
Comentarios

  • Asha Nair dice:

    Beh, me parece genial.
    Uno de lo mas corrosivos escritos sobre castro y el castrismo como enfermidad.
    Verdad, quien es el tipo ese, Nestor?
    Tiene un estilo … epico.
    Gracias, lo blinque’…

  • Anonymous dice:

    Esto es buenísimo. ¿Quién es ese Néstor?