- ago 29, 2006 • 15:58h
- + comentarios
El culto al trabajo
En un discurso de apoyo a Solidaridad afirmó Susan Sontag que el comunismo es “la variante más exitosa del fascismo. Fascismo con un rostro humano.” Lo mismo había pensado, quizás, Alberto Moravia cuando, sustrayéndose al entusiasmo que embargaba a tantos escritores extranjeros congregados en la Plaza de la Revolución para presenciar un discurso del Comandante Fidel Castro, recordó las espectaculares comparecencias de Mussolini.
En vez de la “imagen de las multitudes marchando hacia el futuro” que Guevara evocara en su célebre carta a Aníbal Quijano, el socialismo cubano ha dejado, en los discursos y los hechos, no pocas confirmaciones de su dimensión fascista. Si en las calles de la Alemania nazi había carteles que decían “Das Volk ist Alles —du Bist Nichts (el pueblo es todo, tú no eres nada), en La Habana de los setenta, cerca de la Terminal de Ómnibus, había uno gigantesco que proclamaba: “Los hombres mueren; el partido es inmortal”.
“El trabajo os hará libres”, frase que se leía a la entrada de los campamentos de la UMAP, expresa plenamente, por su parte, el culto fascistoide del trabajo impuesto por el socialismo en la Isla. Por un lado, el régimen califica de “vagos y parásitos” a aquellos que no considera “revolucionarios”: homosexuales, testigos de Jehová, desafectos de todo tipo. Por el otro, moviliza a la población en campañas agrícolas concebidas como grandiosos triunfos de la voluntad: recordemos la Batalla de la Agricultura, lejana pariente de la actual Batalla de Ideas; el Cordón de La Habana de 1967 y, sobre todo, la grotesca culminación de todo ello en la más publicitada de las Zafras del Pueblo: la del “esfuerzo decisivo” de los Diez Millones.
Un poema de Cintio Vitier escrito a raíz de su trabajo voluntario en esa fallida campaña viene a coincidir, en buena medida, con aquella consigna que presidía las Unidades Militares de Ayuda a la Producción. En “liberación”, segunda parte de “Suite para un trabajo productivo” (Unión, La Habana, enero-marzo, 1970), leemos: “…arde / en el lomo de la pornografía / es pan grueso / del que tantos quieren saciarse / atorándose de negras / palabras, de bromas procaces / de miserables / chistecitos soplados por un simio subalterno. / Allí está entre las hojas, invisible, ese pobre / diablo. Con la graciosa tropa venían / sus obsesiones cifradas en el sexo / ígneo / como el sol, sucio / como el charco, fértil / como la basura, pervertido / por la imaginación, por las palabras. / Ahí están los esclavos de sí mismos, en libertad / De un lado el trabajo puro y fiero los sujeta / con argolla de hierro (el sudor / es ahora lo más bello de sus almas), / de otro ellos se forjan libremente, / la prisión circular del desenfreno, / sobre la cual pasan las nubes castas proclamando bodas / y pájaros salvajes”.
La dicotomía es clara: de un lado el trabajo; del otro el sexo, la pornografía y las palabras. La auténtica liberación no está en estas formas libres de aprisionarse que son el erotismo y la imaginación, sino, paradójicamente, en aquello que sujeta: el trabajo. La contradicción que así establece Vitier está evidentemente informada por sus creencias católicas antimodernas: tal es la concepción de la libertad como libre aceptación de obediencia, y también la reticencia hacia aquellas cosas que, dejando de ser medios, se convierten en fines: el sexo, el intelecto, las palabras.
No muy lejos de esa “concepción fascista de la vida” que Mussolini definió en la Enciclopedia Italiana como “una concepción religiosa en la que el hombre es visto en su permanente relación con una ley superior, dotado de una voluntad objetiva que trasciende lo individual y lo eleva a una pertenencia consciente de una sociedad espiritual”, Vitier asocia el trabajo a la poesía. Este es el tema fundamental de Entrando en materia (1968), cuaderno donde asume la integración a la Revolución como su definitiva conversión al cristianismo. En esos poemas Vitier celebra en el trabajo voluntario la nueva felicidad de una “vida transfigurada” por la poesía, donde, más allá de la angustiosa dicotomía de las palabras y los actos, “la inteligencia no se separa de la mano”: “La poesía / es lo que se hace / y el trabajo / llena el alma / con igual derecho que un suspiro.”
El trabajo devuelve, para Vitier, la autenticidad; nos reconcilia con nosotros mismos. Más o menos lo mismo había dicho Guevara, ya no desde una perspectiva religiosa sino con una declaradamente marxista. Según el argentino, el “trabajo liberado”, que no es ya mercancía sino “deber social”, permite al hombre la “reapropiación de su naturaleza”. En ambos, Vitier y Guevara, el culto al trabajo es inseparable de cierto puritanismo, muy diferente, desde luego, del anglosajón que, como sabemos, fue decisivo en los orígenes y el desarrollo del capitalismo. Este culto trascendente, fascistoide, idealista, que criminaliza la iniciativa privada, no persigue únicamente la creación de riqueza; se vincula, tanto como a los afanes desarrollistas de la Revolución, al declarado propósito de fortalecer la conciencia que presidió el ensayo de construcción simultanea del socialismo y el comunismo en la Cuba de fines de los sesenta.
Iniciado en 1966, el plan de escuelas al campo no fue sino una puesta en práctica de la concepción del trabajo como parte esencial de esa “gigantesca escuela” en que, según había apuntado el Che, debía convertirse la sociedad toda. Otra modalidad fue el trabajo voluntario. Y aun otra el envío, durante la “desburocratización” de 1968, de muchas personas a trabajar en el campo para que desarrollaran la nueva conciencia en contacto con la verdadera realidad. Una nueva conciencia que se contraponía, según Castro, a la “mentalidad de bodegueros” de los negociantes y al poder del dinero propio de la decadente sociedad capitalista.
Se le da entonces al trabajo lo que se le quita al dinero. Para conseguir una lavadora o una casa en la playa no vale ya el salario, tienes que tener arrobas de caña cortadas o acumuladas horas de trabajo voluntario. No puedes comprar en cualquier tienda, es el estado el que asigna. La sociedad del trabajo voluntario, ideada por Guevara y cantada por Vitier, es de hecho el mundo concentracionario que Arenas testimonió en El central como un pesadillesco regreso de la esclavitud.
(Continuará…)
Duanel Díaz
Madrid




