- ago 18, 2006 • 11:53h
- + comentarios
Por el momento una sola cosa es visible y segura. Fidel se afeitó. Sin barba, Fidel se ha convertido en su hermano Raúl, un ser gris, sin gracia, una mezcla de esbirro y patriarca, con un discurso nacionalista lleno de oportunismo y ansias de burócrata.
Detrás de la barba, debajo de ella, siempre estuvo Raúl. Muchos Raúles distintos, que han asegurado la sobrevivencia del régimen. Dentro del propio Fidel habita un Raúl que deja matar al Che y se deshace, uno a uno, de sus comandantes de los primeros tiempos.
Detrás de las palmeras que tanto impresionan a los turistas del ideal, siempre estuvo el gris. Quien le ha dado un aura mística, un brillo casi religioso, ha sido Fidel y su decisión de no afeitarse, de convertirse en el símbolo de una revolución permanente. Lo que le ha permitido sobrevivir a todo es su profunda falta de convicciones reales, su capacita infinita de sacrificarlo todo a la sobrevivencia. Esa es su desgracia pero también su gracia.
Fidel ha liderado una revolución comunista contra la burguesía, pero permitiendo un amplio acceso a la educación ha creado una nueva clase media de médicos, ingenieros y musicólogos, incapacitados de ejercer su profesión, o de vivir con el nivel de vida que estas profesiones conllevan. Una clase dispuesta a subirse a la primera balsa que encuentre, o a esperar en Cuba que las cosas cambian para ejercer todo lo que han aprendido en esta isla que es, a la vez, un claustro y un prostíbulo.
Así los Estados Unidos, Europa y hasta Chile se han visto beneficiados de un flujo migratorio más educado que la media, y que gracias a las lecciones de socialismo de Fidel cree con una ansiedad desproporcionada en el capitalismo y sus posibilidades. Esos cubanos de Miami, y Madrid, y Barcelona, odian a Fidel como los exiliados chilenos odiábamos a Pinochet. Pero también saben que la Cuba que dejaron ya no puede ser la misma. Que ese cambio, que ha costado vidas y almas, era necesario; era el que muchos otros líderes (entre ellos Batista) intentaron sin lograrlo. Esa clase media, la que vive en Cuba y la que vive fuera de Cuba, es la que, creo entrever, hará una transición difícil en el discurso y simple en la práctica. Si no se queda atorada en el discurso, en la nostalgia de los que se quedan y la arrogancia de los que vuelven, Cuba se reencontrará a sí misma.
Lo otro es el mito. Es una juventud ricachona de Sudamérica que vio en Fidel y en el Che los símbolos de su propio malestar generacional, de sus propias ganas de tener el poder y la gloria y el mito de su lado. Esos chicos llenos de indefiniciones vitales que tomaron las armas para compensar la impotencia de sus sexos. La venganza tardía de una aristocracia desplazada por la pequeña burguesía, que quiso refundar sus países y se encontró con sus propios miedos, su propia tragedia, sus propios limites.
Y el boom literario obsesionado por esos compañeros de generación que en vez de la máquina de escribir tomaron las armas. Y la misma rebeldía contra el orden de las familias, y el peso de la noche, y al final la misma resignación. La de Vargas Llosa tan parecida, en el fondo, a la de García Márquez. La omnipotencia de todos ellos, Fidel, el Gabo, Mario Vargas, en sus olimpos, al mismo tiempo vanguardistas y clásicos, su sentimentalismo politizado, sus grandezas que con la edad se vuelven patéticas.
Todo eso es la barba. La barba de Fidel que no deja ver la cara. Una cara vieja y arrugada, aburrida, banal, que ha empezado a mostrar el lento traspaso del poder en mano del tiempo, que es capitalista, porque no cree, como los marxistas, en la eternidad.
Rafael Gumucio
Santiago de Chile-Nueva York




