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El caudillo y la nación

  • Ago 16, 200619:33h
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Durante los dos últimos siglos, los escritores cubanos han vivido obsesionados con la singularidad de su cultura. Cada generación de intelectuales de la isla ha intentado hallar el atributo que hace de Cuba un país único o excepcional en Occidente. A fines del siglo XIX, cuando entre criollos predominaba la esperanza de construir una nación soberana y justa, Raimundo Cabrera y Bosch, en su libro Cuba y sus jueces (1887), creyó encontrar esa singularidad en la naciente tradición jurídica de la isla. A mediados del siglo XX, otro gran ensayista, Cintio Vitier, pensó que la forma más depurada de la nacionalidad estaba impresa en el lenguaje de los poetas. Su clásico libro Lo cubano en la poesía (1958), escrito en el momento de máxima frustración republicana, se inspiraba en la certeza de que “el misterio de la isla era cantado por las voces de sus poetas”.

En el último medio siglo, e impulsados por el desencanto de la utopía revolucionaria, los intelectuales cubanos han persistido en esa búsqueda de una identidad nacional virtuosa. Uno de los grandes músicos de la isla, Natalio Galán, borrado como Julián Orbón y Aurelio de la Vega de los diccionarios oficiales de la música cubana, escribió en su exilio de Nueva Orleáns, un libro que evocaba el título de Cabrera: Cuba y sus sones (1983). En años más recientes, otro exilado, el crítico e historiador Roberto González Echevarría, profesor de la Universidad de Yale, ha dado a conocer, primero en inglés (Oxford University Press, 1999) y luego en español (Madrid, Colibrí, 2004), su monumental historia del béisbol en la isla, titulada La gloria de Cuba. En ambos libros, el de Galán y el de González Echevarría, puede leerse un relato subterráneo: el del orgullo de una cultura, movilizándose contra la vergüenza de una política.

A cualquier comunidad le gustaría que su nación fuera admirada en el mundo por sus brillantes abogados, sus poetas inspirados, sus músicos virtuosos y sus audaces peloteros. Pero, feliz o lamentablemente, ninguna identidad se construye sólo a partir de la exaltación de un puñado de virtudes. Frente a esa tradición afirmativa, en la cultura cubana se ha consolidado otra, la de los arqueólogos del vicio: aquellos intelectuales que se han atrevido a mirar de frente el horror de una moral pública autoritaria y machista, abúlica y superficial, envidiosa e hipócrita. En la época republicana (1902-1958), tres escritores liberales abrieron los ojos a ese constitutivo envilecimiento de los cubanos: Enrique José Varona, Fernando Ortiz y Jorge Mañach. En el largo período castrista (1959-2006), exiliados como Guillermo Cabrera Infante, Lorenzo García Vega, Carlos Alberto Montaner, Enrico Mario Santí y Gustavo Pérez Firmat han retomado, con provecho, esa tradición de la crítica liberal.

Pero, a principios del siglo XXI, las retóricas de la identidad, condescendientes o críticas, afirmativas o negativas, nacionalistas o liberales, sienten la misma fatiga. Los viejos discursos de la nación han sido reemplazados por esos íconos neocoloniales de “lo cubano” en la era global, que estudia Iván de la Nuez en Fantasía roja (2006), y que transforman la “solidaridad” política en turismo y la “culpa” primermundista en indulgencia. Significativamente, la figura de Fidel Castro asume las mayores funciones en esa globalización de los símbolos, como doble reliquia del comunismo y el nacionalismo en América Latina. El octogenario caudillo —más que todos los ancianos de Buena Vista Social Club juntos, más, incluso, que el Che Guevara, cuya argentinidad lo libera de ciertas demandas de legitimación— es el único emblema de Cuba plenamente globalizado, como tirano o como redentor.

Gracias a esa identificación entre el caudillo y la isla, a Castro, por ser un monstruo mitológico, se le perdona su estalinismo y su mesianismo. En el preámbulo y el artículo quinto de la Constitución vigente en Cuba se dice que la ideología del régimen es “marxista-leninista y martiana” -una mezcla tan inconcebible y estrambótica como la del “socialismo bolivariano” de Chávez- y que el Partido Comunista es la “vanguardia organizada de la nación cubana”. De manera que lo martiano y lo nacional de esa ideología son valores que intentan vestir con prendas híbridas —universales y locales— una estructura de poder que proviene directamente de dos tradiciones que hoy provocan rechazo generalizado en la cultura política occidental: el estalinismo soviético y el caudillismo latinoamericano. El castrismo es, pues, una mezcla de elementos totalitarios y autoritarios, folklorizada por la cultura caribeña de Cuba y su condición de vecina incómoda de Estados Unidos.

Aquella médula estalinista del régimen de la isla, que en la última década parecía disolverse en un mero nacionalismo antiamericano, se ha reconstituido velozmente con el respaldo de la Venezuela de Chávez y la proximidad de la desaparición de Fidel Castro. Dos evidencias de esa reconstitución estalinista son el enérgico rechazo del gobierno cubano al proyecto de resolución Necesidad de una condena internacional a los crímenes del comunismo totalitario, debatido en enero de este año por el Parlamento Europeo, y el restablecimiento del Secretariado del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, una franja profesional y altamente ideologizada de esa institución que había sido eliminada en los 90 porque entorpecía el liderazgo de Castro. Ahora, debido a la inminencia de la sucesión y la falta de consenso, en la cúpula, en torno al relevo personal de Raúl Castro, ese apuntalamiento del Partido, entendido como brazo político de las Fuerzas Armadas, busca ofrecer al sucesor o los sucesores —sean quienes sean- una plataforma institucional y generacional sólida.

El castrismo, como vergüenza mundial, genera ansiedades de cambio que difícilmente permitirán a cualquier modelo sucesorio, aferrado a la inmutabilidad, funcionar por mucho tiempo. El reciente informe de la Comisión de Asistencia para una Cuba Libre, presentado, en Washington, por la Secretaria de Estado, Condolezza Rice, el Secretario de Comercio, Carlos Gutiérrez, y el Senador cubanoamericano, Mel Martínez, puede entenderse como expresión de esa ansiedad de cambio. La destacada activista de la oposición interna cubana, Miriam Leyva, escribió que dicho informe, con su promesa de 80 millones de dólares para la disidencia, era una suerte de happy birthday present a Fidel —un millón de símbolos por cada año de vida del dictador—, tan valioso como los 2 mil millones de dólares del subsidio petrolero de Chávez, que, según los apologetas del castrismo, no constituyen injerencia sino “solidaridad“. Tiene razón la opositora: cualquier gesto, por muy bien intencionado que sea, que contribuya a presentar a Castro como víctima de Estados Unidos, fortalece al castrismo en su última hora.

¿Quién trabaja por una transición pacífica, negociada y soberana a la democracia en Cuba? Ciertamente, no Bush y la clase política cubanoamericana, aferrados a la lógica electoral de sus nexos, sino la oposición y el exilio que desde hace décadas le apuestan, de manera genuina y autónoma, por un proceso así y están dispuestos, como han señalado Oswaldo Payá, Carlos Alberto Montaner, Martha Beatriz Roque, Carlos Saladrigas, Vladimiro Roca, Lino B. Fernández, Manuel Cuesta Morúa, Marcelino Millares y Eloy Gutiérrez Menoyo, a actuar con cautela y firmeza ante un escenario de sucesión en la isla. Algunos de esos líderes disidentes y exiliados no sólo han manifestado su rechazo al plan de Washington, sino que han insistido en la necesidad de preservar la paz social y de construir una atmósfera de respeto a la soberanía, durante el período sucesorio, con el fin de no ofrecer excusas para la represión y contrarrestar, en lo posible, la perenne e injusta descalificación de “mercenarios” y “terroristas” a que los somete el régimen, dentro y fuera de la isla. Sin embargo, el gobierno de Fidel Castro basa todo su aparato de legitimación en la idea de que democracia es sinónimo de “anexión” y que todo cubano que desea el cambio es una marioneta de Estados Unidos.

La posibilidad de una transición democrática en Cuba podría verse obstruida por esa encrucijada ineludible, por esa alternativa fatal entre el orgullo y la vergüenza, entre la ansiedad y la impotencia, entre soberanía y democracia, que se condensa en la manida frase de “quienes pueden, no quieren, y quienes quieren, no pueden”. Quienes podrían iniciar el cambio o, por lo menos, reformar sustancialmente el sistema, las élites del poder, son demasiado soberbias y no se atreven a arriesgar un ápice de su control en una transición democrática. Quienes desean el cambio, la oposición y el exilio, no pueden producirlo, a pesar de su considerable avance en la última década, porque viven acosados y reprimidos por el régimen o incomunicados con la ciudadanía de la isla. La división de la comunidad internacional, respecto al modo más eficaz y legítimo de incentivar la democratización de Cuba, acentúa esa encrucijada y contribuye a la parálisis y subsistencia del castrismo.

Rafael Rojas
México D. F.

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