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La muerte del macho anciano

  • ago 12, 200617:34h
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Fidel enfermo, le cedió el poder a su hermano Raúl. Esto dio lugar a todo tipo de especulaciones de parte de los fidelólogos de Miami, siempre equivocados, por tantas buenas razones. El hecho de que Fidel, de casi ochenta años, y llevando hace cuarenta y siete la nada saludable vida de un tirano sin contrapeso, no sea inmortal parece sorprender y decepcionar a casi todo el mundo.

El hombre que habla seis horas seguidas desde el podio de la plaza de Revolución, el paladín solitario del antiimperialismo, el líder que no duerme y deja sin dormir a todos sus interlocutores, el hombre que reinventó la barba, que se salvó de 600 atentados, que dejó morir al Che, que invento a Chávez, que ha visto pasar ante él nueve presidentes norteamericano y el cadáver del imperio soviético, no puede morir de un dolor de estómago.

La derecha, como la izquierda latinoamericana, cree en Fidel más que en cualquier otra cosa en el mundo. Para unos y para otros, ese hijo de un inmigrante gallego sabe todo, controla todo, comprende todo.

Da lo mismo que Corea del Norte sea más comunista y más peligrosa que Cuba. Da lo mismo que esta última se haya convertido, gracias a Fidel, en un buen negocio para todo el mundo menos para los cubanos. Dan lo mismo los hechos, dan lo mismo las muchas décadas que dura esta mala comedia tropical. Para los que nacimos al sur del Río Grande, Fidel Castro Ruz es el macho por antonomasia, el último e inolvidable portador de nuestra virilidad en extinción.

Stroessner, Pinochet o Trujillo también invocaban la hombría del patrón de fundo para justificar su poder y conseguir el brusco amor de sus víctimas. No eran, sin embargo, estos dictadores clásicos otra cosa que burgueses en uniforme. Casados, y hasta hogareños, siempre impecablemente afeitados y vestidos. Tarde o temprano se les notaba el resentimiento y la falta de cuartel.

Aunque usa uniforme, Fidel no es un militar de carrera. Estudió en los jesuitas y en la escuela de Derecho. Su uniforme esta limpio pero nunca impecable, siempre un poco arrugado. Es alto, atlético, superficialmente culto en muchas materias. Un contador de historias antes que un estratega. Un hombre que podría haber sido actor, mago, o escritor si no hubiera decidido ser al mismo tiempo el principal héroe y el principal villano de la historia del Caribe.

Se deshizo de su esposa antes de llegar al poder, y las mujeres con las que ha vivido y con las que ha tenido hijos son otro más de sus secretos de estado. Está casado con la Patria. Mantiene con el país que tiraniza una relación de seducción permanente. El Fidel anciano, con placa y pierna rota, intenta siempre patéticamente recurrir al Fidel joven y a sus varoniles amigos, compartiendo chistes, habanos, conspiraciones.

Ninguna mujer aparece nunca en ninguna de las fotos emblemáticas de la Revolución cubana. Ésta sigue siendo para el mundo una juerga de chicos bien educados, borrachos de gloria y capaces de todo. Una familia sin hermanas ni madres, que compite a quién dispara más lejos, y que persigue con particular saña a los homosexuales.

Fidel encarna, o encarnaba, ese eterno masculino que vence a todos menos al tiempo que, por desgracia para Fidel, no entra en el embargo.

Rafael Gumucio
Santiago de Chile-Nueva York

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