- ago 11, 2006 • 01:58h
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El martes pasado, la noticia de la enfermedad de Castro le arrebataba la portada de los periódicos y telediarios al conflicto en el Líbano. Por primera vez en más de cuarenta años, el dictador delegaba el poder. Después del morbo inicial, a lo largo de la semana el asunto fue pasando a un segundo plano: el corresponsal de Televisión Española en La Habana salía diariamente para decir que la noticia era la falta de noticias y, Granma en mano, hacerse eco de alguna que otra declaración de funcionarios del régimen sobre la mejoría en la salud del Comandante y la tranquilidad reinante en la Isla.
En contraste con lo anodino de la cotidianidad habanera, las imágenes de la Calle 8 mostraban el alboroto de Miami, entregada a una fiesta que era en parte celebración por la (probable) muerte del tirano, y en parte conjuro para que ésta finalmente se produjera. Al fin y al cabo, el jefe del asalto al Moncada no dejaba de tener razón cuando, en protesta por los añitos que le echaron los tribunales batistianos, declaró que él no era un elefante. Este júbilo de los cubanos de Miami era, en los telediarios de todo el mundo, una nota pintoresca de alegría caribeña en medio de las ruinas de Beirut y de las otras, consecuencia de una destrucción más larga y menos espectacular, de la ciudad que una vez fue considerada “el París de los trópicos.”
En Cuatro, la nueva cadena del grupo Prisa que ha sido, después de la Televisión Española, la que más ha seguido de las seis españolas el tema que nos ocupa, desplegaron un mapa y situaron a La Habana en algún lugar del interior de Matanzas o Cienfuegos. Unos segundos después subieron un poco el punto indicativo hasta la línea de la costa norte, pero dejándolo siempre bastante más al este de la capital. De errores así tampoco se libró El País, que publicó en tres partes un interesante reportaje de Jon Lee Anderson aparecido hace pocos meses en The New Yorker, “La última batalla de Castro”, con no pocos errores de traducción. (Al libro autobiográfico de Arenas lo llamaron Cae la noche, y a la consigna revolucionaria cubana, “Patria Libre o Muerte”).
La evidencia sobra: el anciano dictador es una especie de muñecón de feria y Cuba revolucionaria, la más pintoresca de las repúblicas bananeras. Hasta en el programa “de corazón” más visto de España repercutió la noticia: una ex nuera de Castro contó cómo Dalia Soto del Valle, esposa del tirano y Reina de Corazones del búnquer familiar, no sólo le hizo la vida imposible con informes mentirosos sobre su conducta sino que incluso llegó a echarle brujería.
La ex nuera recordó también un hecho curioso: los nombres de los cinco hijos de Castro con esta primera dama desconocida empiezan con A: Alexis, Alejandro, Alex… Y es que, como señala Anderson, el Comandante tiene obsesión con Alejandro Magno. Su espíritu, ya lo sabíamos, es conquistador: su Asia fue, hace ya cuatro décadas, América Latina. Por suerte se trató de un objetivo fallido; abortado su sueño napoleónico, el guerrillero debió replegarse a su islita y aceptar las normas soviéticas: no tenía petróleo, como Chávez, ni un territorio gigantesco, como Mao. Su delirio de grandeza tuvo que limitarse entonces a batir su propio récord de discursos interminables y a experimentar con vacas para que dieran más leche. Desde entonces —desde la humillación de la Crisis de los Misiles, quizás— Castro siente, en lo más profundo de su corazón, que Cuba ha sido un teatro demasiado pequeño para su genio de estadista revolucionario.
Así, como él se imagina —Castro ubicuo, Castro gigante, Castro sabio, Castro timonel— lo presenta la prensa oficialista por estos días. Fellow travelers como Luis Britto, Miguel Bonasso y Belén Gopegui, se prodigan en elogios y no ponen límite a la apología. Si en Rebelión alguien compara a Castro con Aquiles, en Página 12 Atilio A. Borón lo ve como “el Espartaco triunfante, que derrotó a la Roma americana; el Quijote indoblegable que sintetiza la clarividencia de Martí, el heroísmo del Che y la férrea voluntad de Ignacio de Loyola.” Para esta gente el Máximo Líder encarna a una Revolución con la que debemos relacionarnos como lo haríamos con una persona. Todo aquel que se haya beneficiado de algún modo de las medidas revolucionarias debe estar agradecido a Ella y a Él, como si el Estado no existiera justamente para servir a los individuos. Padre de la Revolución y de todos los cubanos, Castro sería para nosotros lo que al Condestable de Castilla llamó Agustín de Rojas: “Caballero biencomunhechor”.
Recordemos, a propósito, el curioso editorial publicado por Granma el 13 de agosto de 2005, día del 79 cumpleaños del susodicho. Se trata de una carta al “Querido Comandante” firmada nada más y nada menos que por “Su pueblo”. Escrito antológico a fuer de ridículo, elogia, por ejemplo, la “capacidad maravillosa de crear claridades” de aquel que ha provocado más apagones que nadie y dice, entre otras lindezas, que Castro hizo “posibles por siempre los amaneceres” y que sus 79 años los celebramos “como propios, con el cariño y la admiración inmensos que los hijos sentimos por el padre más noble, sabio y valiente.” Y sigue: “Creían los griegos que el sol era transportado en un carro; los egipcios imaginaban que viajaba en un barco de velas viento. Los cubanos patriotas sabemos firmemente que el sol lleva verde olivo el traje, tiene alma guerrillera de ideales justicieros y botas de incansable escalador de montañas y sueños.”
Pero volvamos a la actualidad: Castro valetudinario, Raúl sin comparecer y Cuba sumida en la incertidumbre. Llega entonces desde La Habana una noticia muy curiosa. Cuando es evidente que Estados Unidos, ocupado como está en Oriente Medio y más consciente que nunca de los problemas que le ocasionaría una repentina caída del régimen, no tiene la menor intención de intervenir directamente en Cuba, la jerarquía de la Iglesia Católica de la Isla declara que no aceptará una intervención de Estados Unidos y que hay que mantener la “paz y la concordia entre los cubanos”. Resulta que la Iglesia, en un acceso de nacionalismo tardío y diplomática moderación, prefiere la paz y una concordia inexistente a la aventura de la libertad. ¿Quién lo iba a decir? El cardenal Jaime Ortega convertido en nuestro Vallenilla Lanz, prefiriendo la pax castrista a los peligros de la anarquía.
Más previsible ha sido Retamar en sus funciones de presentador titular de las declaraciones de los intelectuales castristas de dentro y de fuera. Ahora, tan cansinos como siempre, vuelven a la carga para pedirle al gobierno de Estados Unidos que “respete la soberanía de Cuba”. Entre los firmantes, algunos que en la primavera de 2003 dijeron “hasta aquí”. Al parecer, Saramago y Galeano se han olvidado muy rápido de los derechos individuales —esos que entonces de alguna manera reivindicaron contra la represión estatal— para centrar sus preocupaciones en la “integridad de la nación” y “el derecho de los pueblos”.
Frente a tales declaraciones, es preciso recordar una vez más que la cacareada autodeterminación de los pueblos, en la Cuba de Castro como en el Irak de Saddan Hussein o el Afganistán del mulá Omar, es de hecho la autodeterminación de gobiernos que usurpan la soberanía popular. Así pues, la intervención extranjera no es indeseable per se, sino porque propiciaría un conflicto armado de consecuencias imprevisibles. A estas alturas, es mil veces preferible recobrar los derechos fundamentales aplastados por el régimen que preservar una “soberanía nacional” que por décadas no ha servido sino para legitimar la dictadura y la miseria.
Duanel Díaz
Madrid





