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El derecho de saber

  • ago 10, 200623:42h
  • 1 comentarios

El silencio de Raúl y toda la postración callada en que se encuentra Cuba en estos momentos, me han recordado aquel novelón de la radio cubana de nuestra infancia, El derecho de nacer, con el que Félix B. Caignet convenció a toda la isla de suspender la existencia propia y, a cambio, basar la vida en lo que se sospechaba que iba a decir Don Rafael del Junco, el personaje afectado de afasia, sobre la verdad de los parentescos. A determinada hora del día (algo parecido a lo que pasa hoy con la “Mesa Redonda” de la televisión cubana), toda la población se quedaba en vilo, aguantaba la respiración, para saber si el personaje de ficción (y subrayemos ficción) iba a revelar el secreto de la sangre compartida.

Hay mucho paralelismo entre las dos situaciones: estamos pendientes del aparato de radio (y del teléfono, del correo electrónico, de los blogs, de las páginas web) a ver si por fin el “personaje” (quienquiera que éste sea) nos dice algo, aunque sea una mentirita piadosa, o nos revela de repente todo el cuento y con eso reconoce al menos una mínima parcela de nuestro “derecho a saber”. O sea, nos robaron un país, le entregamos el poder y las instituciones a un gángster autócrata y prepotente, nos humillaron durante medio siglo, nos engañaron con retórica para retrasados mentales, y aún así, cuando el Abuelo revienta o está a punto de estirar la pata nos niegan incluso el derecho a saberlo: no creo que sea fácil encontrar en la destartalada historia reciente de Latinoamérica una prueba más desoladora del menosprecio absoluto por la capacidad de una población de razonar y tomar decisiones.

En mi modesta opinión, hemos heredado de muchas fuentes una capacidad atrofiada para usar el lenguaje. Hablamos, pero nunca logramos decir a cabalidad todo lo que queríamos decir; y cuando nos hablan escuchamos a medias, y dando siempre por descontado que el que nos dispara un discurso nos está diciendo tan sólo una pequeña parte de lo que debería decirnos. En esta telenovela que ahora todos estamos “escuchando” (y, claro está, viviendo en ese ámbito mediatizado), ya han pasado diez días desde que la “proclama” del Enfermo se dio a conocer, y nadie nos ha dicho concretamente nada más: reina un pavoroso silencio. Y no sólo eso, nadie se ha dignado disculparse por este vacío de datos, por esta situación. Los gobernantes parecen practicar sin rubor los mismos prejuicios del “qué-dirán” pequeñoburgués, característico de las “buenas familias” de clase media de las que en gran parte se nutrió (por lo menos en los ámbitos de la conspiración urbana) el Movimiento 26 de Julio.

Durante 47 años hemos vivido aceptando una versión “presentable” de nuestra propia desgracia, y todos los castro-adoradores han aceptado tácitamente y practicado como becerros ese hábito mutilador: el de presentar una fachada “adecentada” a los demás, para que no vean la mierda en la cocina, para que no sepan que la niña de la casa templó con un negro, para que no se riegue por el vecindario que el techo se nos está cayendo y que no hay dinero para arreglarlo: ¡ay, que no se enteren de ésto ni de lo otro! Hemos heredado una cultura de la hipocresía y del tapujo; todo se “sabe”, pero nada se dice. No importa en qué lugar estén los restos del acontecer, lo importante parece ser la retórica con que se disfrazan esos pedacitos de verdad. Todo el mundo se queda quieto, en silencio, y lo único que se escucha son murmullos, bromas, comentarios soeces en los que se entierra la responsabilidad civil. ¿Responsabilidad civil? ¿Qué coño es eso?, preguntarían los que están haciendo la cola para el pan en las calles habaneras.

Esos problemas de lenguaje se vuelven más burdos aún y se agudizan “del lado de acá”. Aquí en el exilio también están vigentes esas maniobras adecentadoras del “qué-dirán”, sumidas en un ambiente lastrado por el deterioro del idioma a niveles pavorosos. Anoche, por ejemplo, en el noticiero del Canal 23 entrevistaron a un figurón de TV Martí, porque han empezado a trasmitir desde un avión. El señor, con su cara de anuncio de McDonalds, dijo textualmente: “Es importante que podemos llegar a la gente de Cuba…”

Cualquier analfabeto hispanoparlante tiene en la médula de sus huesos, inscrito desde muy pequeñito, el subjuntivo podamos. Me entró una especie de temblor de rabia y frustración (y mis amigos saben que mi ecuanimidad es casi inexpugnable), porque ¿cómo diablos quieren que alguien en Cuba los atienda y los respete, si no saben hablar español, si no saben dirigirse a ellos con el tesoro certero de nuestro idioma?

Reinaldo García Ramos
Miami

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1 respuestas
Comentarios

  • pedro damian dice:

    Si un error gramatical te causo tanto pavor….que sera cuando veas una cucaracha caminando por tus sabanas.

    Por Dios! echastes a perder un articulo que amenazaba por ser interesante….lol