Tal vez lo más curioso del comunicado emitido anoche por Granma sea esa inédita y ocurrente definición de la muerte como un “accidente de salud”. Porque es de la muerte, o al menos de la agonía, de lo que trata este texto fundacional, que lleva demasiadas horas colgado sin que nadie atine a dar el breve salto que separa la glosa de la interpretación.
Al final, la mejor estrategia para que la desaparición del Comandante se convirtiera en el anodino fade in que estamos presenciando hoy resultó ser la repetición indiscriminada del “síndrome de Pedro y el lobo”, el vano anuncio del fin convenientemente filtrado en la isla y convertido siempre en motivo de mofa pública. A fuerza de invocarlo en vano, llegamos a olvidar que el lobo existía, con el consiguiente regocijo de nuestra infalible y eterna Caperucita. Ahora están todos los políticos, analistas y periodistas paralizados en sus redacciones, procediendo con infinita cautela, meditando con el lápiz en la mejilla antes de poner un adjetivo o de atreverse a juguetear demasiado alegremente con Thanatos. Nadie quiere manosear este cadáver. Los clavos que sostienen al nuevo Cristo grunewaldiano: vermis non homo al lignum son. Asistimos a un caso inédito en la historia de la información: hay demasiada gente que no quiere convertir un cadáver en noticia. Está sobre una mesa mientras los doctores meditan. Algunos le hablan. Otros, sensibles, se preguntan cómo ha podido ser. Los más ilustrados copian la explicación de Hipólito en la tercera parte de El idiota. Dostoievski, dominado por la visión de un Dios tan desfigurado, se pregunta: ¿Cómo pudieron, sus seguidores, viéndolo reducido al cadáver horriblemente descompuesto de un pobre supliciado, conservar la fe en él? ¿Cómo puede un Dios encarnarse para rebajarse hasta tal punto? No puede ser pero está siendo. Ya tenemos un nuevo Cristo verdeolivo, cuyo cadáver empieza a llenarse de sentido entre hordas de periodistas, políticos y politólogos.
El diario El País, por ejemplo, que tiene un conspicuo corresponsal (famoso por lo extemporáneo y comedido de sus notas), no parece demasiado preocupado por sacar el lógico rédito de su escribidor con calicot. “¿Dónde está Mauricio Vincent?”, le pregunto a una amiga habanera por teléfono. “-¿Mauro? En la playa, con sus mulaticos…”
Anécdotas aparte, hay varias cosas que pueden deducirse de la florida prosa que orla la última proclama del Comandante (o sus escribidores), temas sobre los cuales nuestros diarios democráticos podrían explayarse, aunque sea entre lágrima y lágrima.
A saber:
-La definición apenas embozada del país como herencia personal.
-El resumen casi notarial de la herencia como la suma de un Programa Nacional e Internacional de Salud Pública, otro de Educación y una Revolución Energética, cuando menos tardía.
-El Partido por encima del Ejército, para que nos creyamos que son cosas diferentes.
-La asignación al tándem Soberón-Pérez Roque del rol del banquero en este extraño juego de Monopolio en que se han convertido las finanzas de la Revolución.
-La insistencia, francamente senil, en la Batalla de Ideas.
-Este párrafo inolvidable: “El 80 aniversario de mi cumpleaños, que tan generosamente miles de personalidades acordaron celebrar el próximo 13 de agosto, les ruego a todos posponerlo para el 2 de diciembre del presente año, 50 aniversario del Desembarco del Granma”.
El Comandante prevee que en los próximos cuatro meses le costará beberse un roncito, y ejerce entonces su condición de todopoderoso Cronos minutos antes de irse a dar un paseíto con Caronte.
De colofón: no es difícil detectar un uso indiscriminado del cliché, que denuncia la prisa del redactor, y una caligrafía donde el método Palmer de los jesuitas se mezcla definitivamente con el Parkinson.
A pesar de todas estas evidencias los periódicos callan. El gobierno español manda sus deseos de pronta recuperación. Estados Unidos dice que monitorea con atención, pero no dice qué es lo que monitorea aunque algunos sospechamos que lo que el gobierno de Estados Unidos ve en el horizonte no es un cadáver vestido de verdeolivo, sino un montón de balseros.
En El Mundo, otro periódico español, un antiguo conocido de Juventud Rebelde, reciclado como “nuestro hombre en La Habana”, nos regala la anécdota de un mulato anónimo que se pregunta: “¿Qué va a ser de nosotros el día que Fidel se muera de verdad?”, mientras llama “salvajes” a sus compatriotas que celebran en Miami la muerte del dictador. (Es curioso, hasta donde llega mi memoria, “ salvaje”, en cubano, no es un adjetivo peyorativo. Pero Tomás seguro sabe más que yo del argot habanero).
¿Y Encuentro en la Red? Se trata de una página web, financiada para informar, y es de suponer que reciba información detallada y constante, filtrada por sus empeñativos redactores, o su amplia cadena de corresponsales aficionados en cualquier rincón del planeta donde haya un cubano muerto de hambre, dispuesto a pergeñar una nota por 35 euros. Abro la página digital de Encuentro, esperanzado. No hay mucho, la verdad. Pero me entero de que hay una disidencia que expresa sorpresa y pide cautela. La cautela de la disidencia cubana es digna del Premio Nobel de la Paz. Lo malo es que para entonces habrá demasiados otros nobeles abiertamente castristas con los que competir. La relación de la política con los Premios Nobel es demasiado compleja, se parece mucho a la Guerra de las Galaxias.
Por ahora, ahí los dejo. Me voy a cenar a un restaurante argentino para comprobar, en intestino propio, los desastrosos efectos del bife. En el estribo, me entero de que Chavez está preocupado por la dieta del cadáver.
Ya lo dejó dicho Guillermo Rosales, a través de ese irrefutable Tiresias cubano que fue William Figueras. William ha tenido dos sueños premonitorios. En el primero Castro aparece refugiado en unas ruinas y gritándole: “¡Cabrón!, ¡nunca me sacarás de aquí!”. En el segundo el Comandante levanta, socarrón, la tapa de su féretro pidiendo un cafecito antes de decir: “Bien, ya estamos muertos. Ahora verán que eso tampoco resuelve nada”.
Ernesto Hernández Busto
Barcelona





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